domingo, 10 de octubre de 2010

Capítulo 14

Con el sobresalto, me giré hacia la persona que me acababa de sorprender, como un acto reflejo, pegando un gritito a la vez.

- Tranquila, no te asustes – reía un poquito.
- Uff… que susto me has metido… emmm… Luca… - se me escapó una risita nerviosa, ya que en un principio no había recordado su nombre.
- Oh, lo siento, no era mi intención – sonreía – te vi un poco nerviosa, y pensé que quizás yo podría ayudarte, ya que por lo que veo no hay manera de que consigas comunicarte con la operadora – miraba mi móvil con una sonrisa graciosa.
- Si, bueno… o ella no me entiende… - miré mi móvil de una manera un tanto divertida, produciendo en él una pequeña risita. Observé como el número de teléfono aún estaba activo. Me coloqué el móvil en la oreja, intentando que ella comprendiese lo que decía.
Luca, tras observar mi desesperación y ganas de mandar al quinto carajo a la operadora, decidió intervenir.

- ¿Quieres que te ayude? Recuerda que soy italiano… - tendió su mano abierta, esperando que colocase sobre ella el teléfono.
- ¿En serio? La verdad es que me harías un enorme favor… - sonreí, dándole el móvil. Él lo cogió y se lo colocó la oreja, comenzando así a hablar en italiano con la operadora. Era increíble la fluidez que tenían los italianos para hablar entre ellos, realmente me quedé sorprendida.
- En un rato estará tu taxi aquí – me comunicó tras colgar y devolverme el móvil.
- ¡Muchísimas gracias! o… molto grazie! ¡No sabes cuanto te lo agradezco!

El chico sonrió y cogió sus maletas, que las había dejado en el suelo, y miró hacia uno de los taxis que se encontraba a un lado de la acera, junto a él se encontraba una chica que parecía estar esperándole.

- Un placer haberte conocido – sonrió, a lo que yo le respondí con otra sonrisa. Él se giró con sus maletas en mano, y se dirigió hacia donde se encontraba la chica. Ambos se introdujeron en el coche mientras comentaban sobre algo. No sé que sería ese algo, pero en ese momento tenía la sensación de que el tema de conversación era yo.

[…]

Tras dejar las maletas bien colocadas en el maletero, me monté en el taxi, el cual acababa de llegar, y le pedí al conductor que me llevase a las oficinas de la revista italiana en la que iba a trabajar desde ese mismo día.
Me fijé en el reloj del taxi, viendo que eran las 11 de la mañana. Era comprensible que llegara a trabajar el primer día a esas horas, ya que yo debí de coger mi vuelo hacia Milán a primera hora de la mañana, y obviamente no podía llegar más temprano.

Al parecer las oficinas no estaban tan lejos, por lo que llegué más rápido de lo que esperaba.
Tras pagarle al taxista lo que estaba expuesto en el marcador, salí del auto, y me introduje en el edificio por la puerta principal, la cual estaba muy remarcada con un gran cartel con el nombre de la revista.

- Perdone, ¿me puede indicar donde está el señor… - saqué de mi bolsillo el papel que contenía el nombre del director - …Garibaldi? – le pregunté a la recepcionista.
- Espere un momento. – me dijo en perfecto español, y llamó por el típico teléfono de recepcionista. Tras unos segundos, me miró – Le está esperando en el despacho del final del pasillo del cuarto piso – me indicó.
- Gracias. – le agradecí, y me dirigí así hacia la puerta del ascensor, donde parecía estar esperando unas cuantas personas más.

Me metí en el ascensor con un montón de gente más, íbamos todos demasiado pegados, y en algún momento noté un cuerpo más cerca de lo normal, por lo que cuando llegué a la cuarta planta di gracias al señor por dejarme salir de ahí.
Atravesé uno de los pasillos de la cuarta planta, el que parecía ser el más grande, suponiendo que al final de ese pasillo estaría el despacho del Sr. Garibaldi, ya que la recepcionista no me indicó cual de los pasillos era el que debía de coger, pero aún así escogí bien. Llegué al final del largo pasillo, parándome frente a una puerta con una placa dorada sobre la que ponía: ‘’INDIRIZZO – Mr. Garibaldi’’… o como diríamos en España: ‘’DIRECCIÓN – Sr. Garibaldi’’.
Di unos suaves golpecitos sobre la madera de la dura puerta, escuchando un: ‘’Può passare’’. Tras escuchar esto, supe que me estaba dando permiso para poder entrar, por lo que abrí un poquito la puerta, lo suficiente para poder asomarme.

- ¿Sr. Garibaldi? – pregunté por si acaso. A lo que él asintió con la cabeza, y con sus manos me ofreció asiento.
- Usted debe ser Nathalie, ¿o me equivoco? – me miró con una sonrisa, así que asentí con otra. - ¡Oh! ¡Es un verdadero placer conocerle! – me tendió la mano - ¡Gonzalo me habló muy bien de usted!
- ¡No por dios, el placer el mío! – sonreí, agarrándole la mano y agitándola suavemente unas cuantas veces.
- Bueno, y… ¡usted dirá! ¿Cuándo empieza? – me soltó la pregunta de golpe.
- Pues… ¡cuando usted quiera, como si quiere que empiece ahora! – le contesté animada.
- Bueno, supongo que va a estar en un hotel hasta que encuentre un piso y que aún no pasó a dejar sus maletas, ¿verdad? – miró mis maletas junto a mi. Asentí con la cabeza, riendo. – Bueno, y supongo que querrá conocer un poco su nueva ciudad, ¿verdad? – volví a asentir. – Vale, pues… ¿qué le parece si hace todo eso hoy y mañana empieza a primera hora de la mañana? – sonrió de una manera bastante simpática.
- ¿Enserio? – estaba muy sorprendida por ello, la verdad.
- ¡Claro! Ahora mismo llamo a alguna de mis empleadas para que le acompañe al hotel y le enseñe un poco la ciudad – sonrió mientras cogía el teléfono de la oficina.

[…]

- ¿Mi stati chiamando? – dijo una chica que acaba de llegar al despacho. El director de la empresa asintió y la hizo pasar.
- Nathalie, ella es Alessia. Va a ser tu compañera durante el tiempo que estés por aquí, y hoy te va a acompañar en todo. Además, si necesitas algo, pídeselo a ella, ya que es la que sabe hablar español a la perfección – me aclaró.
- ¡Oh! ¿Una española? – dijo sorprendida, y asentí con la cabeza. - ¡Encantada! Soy Alessia, pero me puedes llamar Ale. Si necesitas algo… ¡ya sabes, soy todo oídos! – sonrió. La verdad es que la chica parecía bastante simpática. No la conocía, pero me daba buenas vibraciones.
- ¡Igualmente! Yo soy Nathalie, pero me puedes llamar Nath – sonreí de la misma manera que ella lo hacía.
- Bueno, pues espero que habléis mucho, os conozcáis y que aprendas mucho de Milán… así que, si me disculpáis… - nos ofreció salir. Asentimos y nos fuimos de allí.

domingo, 3 de octubre de 2010

Capítulo 13

‘’Pasajeros del vuelo 205 con destino a Milán, embarquen por la puerta número 15. Gracias’’.

Me levanté del asiento en menos de dos segundos con tan solo escuchar la ciudad a la que se destinaba el avión.
Si, soy de ese tipo de personas que creen que por no levantarse al instante, el vuelo lo perdería.
Como casi un acto reflejo, Aitor se levantó al verme con tal rapidez, y no pudo evitar hacer una de sus gracias para bajar la tensión del momento.

- Con tranquilidad… ¡que al final la que va a despegar del suelo vas a ser tú!, ¡que impaciente estás por llegar a tu nueva ciudad! – reía mientras me alcanzaba el equipaje de mano. A lo que yo reí un poco avergonzada.

Nos dirigimos a la puerta por la que debía de embarcar. Una vez allí, y tras la apertura de dicha puerta, se produjo uno de los momentos más duros de mi vida: la despedida.
Una despedida que nunca había imaginado… no se había dado el momento, bueno, más bien no había querido que se diese.

- Bueno… - lo miré tras observar a mis espaldas como la gente iba embarcando.
- Bueno… - contestó suspirando. Sin pensarlo dos veces lo abracé fuerte, muy fuerte. Necesitaba mucho su abrazo. Necesitaba saber de su apoyo en esos momentos. Y me lo demostró. Lo supe en cuanto sentí sus brazos apretando mi cintura con la misma fuerza que yo a él.

- Yo que tú tomaría el vuelvo ya… sino se te va a escapar – me susurró cuando aún seguíamos abrazados. A lo que me separé un poco de él, dejando mis manos sobre su pecho y las suyas en mi cintura, y girándome un poco para poder observar como la gente terminaba de embarcar.
- Si, creo que ya es hora de irse… - intenté dirigirle una de mis mejores sonrisas, pero no pude, solo me salió una leve sonrisa – Cuídate - le toqué la cara con una de mis manos.
- Lo haré… pero solo si me prometes que tú también lo harás – me sonrió con la misma intensidad que yo. Asentí con la cabeza. – Te echaré de menos, granuja – posó sus labios sobre una de mis mejillas, dejando un beso en ella.
- Yo también a ti – lo miré, agarrándole las manos.
Me dirigí hacia la puerta de embarque, soltando poco a poco su mano mientras lo miraba.
Al llegar le di mis papeles a la mujer que había allí, y tras aceptármelos, miré a Aitor por última vez y embarqué.

[…]

Las azafatas explicaban cada una de las disponibilidades que tenía el avión en caso de turbulencias o malas circunstancias en el vuelo mientras yo miraba la pista del aeropuerto a través de la ventanilla que había junto a mi asiento.

El avión comenzaba a moverse poco a poco alrededor de la pista, y tras dar una pequeña vuelta por ella, se dispuso a despegar. En ese momento recordé lo que me dijo Aitor en la sala de espera del aeropuerto cuando estaban dando el aviso de mi vuelo, y comencé a reír levemente, intentando que la persona de al lado no me escuchase.

[…]

El avión seguía perfectamente su ruta.
Estábamos a más de la mitad del vuelo, por lo que ya faltaba poco para llegar a Milán.
Estaba empezando a necesitar el baño del avión, mi vejiga iba a explotar, así que sin pensarlo ni una vez más me levanté, atravesando todo el pasillo de la división del avión donde me encontraba hasta llegar a él.

Tras unos pocos minutos metida en el servicio del avión, salí de él para dirigirme de nuevo hacia mi asiento.
Iba atravesando de nuevo aquel pasillo cuando de repente alguien me agarró del brazo.
Me giré, observando como agarraba mi brazo un chico rubio con una melena ladeada.

- Mi scusi... – dijo - …potreste dirmi dove il bagno? – me preguntó. El chico parecía ser italiano, pero yo no le entendía del todo, ya que nunca había hablado con nadie en este idioma.
- Lo siento… no sé que quiere decir – intenté explicarle.
- ¡Oh! Lo siento. Yo pensaba que eras italiana… - intentó decir en español con algún que otro fallo y con su acento italiano.
- No se preocupe… - le sonreí. A lo que él me correspondió con otra sonrisa.
- Emmm… ¿Sabe dónde está el baño?
- Si, si… está justo ahí – señalé la puerta del servicio.
- ¡Ok, molto grazie! – sonrió y se dirigió hacia allí.

Tras esto volví a mi asiento, donde cogí mi mp3 para poder escuchar algo de música, pero antes debía de desenredar mis auriculares. ¡Me daba tanto coraje que siempre estuviesen liados!

- Mi scusi… emm… perdone… - miré a la persona que lo decía, y sonreí al ver que era el mismo chico de antes. – Tu nombre es…?
- Nathalie… - respondí de inmediato mientras con mis manos seguía intentando desenredar los cables.
- Yo me llamo Luca – sonrío mirando como no conseguía desenredarlos – ¿Me dejas? – preguntó. A lo que yo asentí con la cabeza y le di los auriculares. Poco a poco iba consiguiendo quitar el lío de los cables hasta dejarlos perfectamente desenredados – toma – seguía sonriendo.
- Molto grazie! – sonreí cogiendo los auriculares.

‘’Señores pasajeros, vuelvan a sus asientos y apaguen sus pertenencias electrónicas. En unos minutos procederemos al aterrizaje’’ – dijeron en varios idiomas.

- Parece que ya vamos a aterrizar – sonrió y volvió a su asiento.

Así fue, el avión aterrizó en el aeropuerto Milán Malpensa, o como dirían los italianos: Milano Malpensa. No podía creer que ya estuviese en la ciudad que durante un largo tiempo iba a ser mi lugar, donde viviría. Era el sueño de cualquier periodista, ya que en esa ciudad seguro surgirían muchas cosas de las cuales algunas seguro que yo misma debería de reproducir en mis artículos.

[...]

Salí del avión y poco a poco pude divisar algunos de los paisajes de la ciudad de Milán.
Una vez cogí mis maletas, salí del aeropuerto, pudiendo ver con plenitud y esplendor aquella ciudad tan bonita y tan glamorosa.

Ahora me encontraba a las puertas de dicho lugar, esperando a que algún taxi quedara libre, pero cuando yo me dirigía a uno, alguien siempre me lo conseguía arrebatar.

Cogí mi teléfono exclusivamente para Italia, ya que así las llamadas me salían más baratas, e intenté llamar a un número de teléfono de taxis que estaba plasmado sobre uno de los carteles de la fachada del edificio.
No entendía nada de lo que la teleoperadora me estaba diciendo a través del teléfono, ya que hablaba italiano demasiado rápido, y encima yo no era una experta hablando ese idioma.

- Oh dios… no entiendo nada de lo que dice… - pensé. Me aparté el pelo de la cara, mostrando mi agobio y nervios mientras daba vueltas de un lado a otro sin separarme de mis maletas – Por favor, ¿puede intentar hablar en español? o aunque sea un poco más despacio… - intentaba explicarle detenidamente a la teleoperadora, pero ésta no entendía lo que quería decir.

De repente, alguien me sorprendió a mis espaldas con tan solo un toquecito en mi hombro.

domingo, 19 de septiembre de 2010

Capítulo 12

Un día nuevo se anunciaba por mi ventana. Para variar, la luz atravesaba la misma cristalera de siempre, pero hoy con más intensidad y fuerza.
El despertador sonaba sin parar, provocando que me despertase de mi profundo sueño. Las cortinas se movían muy levemente, ya que la ventana se había quedado abierta unos cuantos milímetros, y por ella entraba algo de frío.
Me levanté entre escalofríos, y frotando mis brazos con algo de rapidez para poder entrar un poco en calor.
Recuerdo que ese día tenía ganas de vivirlo al máximo, ya que era un nuevo día que la vida me había dado la oportunidad de poder tener y disfrutar, y por supuesto, tenía la sensación de que sería uno de esos días que debería de exprimir al máximo hasta dejarlo en casi nada, o si puede ser… en nada.
Sin duda, sería especial e importante.

Tras ducharme y arreglarme, me dispuse a revisar mis maletas, por si se me olvidaba algo.
Cuando terminé de hacerlo, me dirigí a la cocina para desayunar, donde para mi asombro, encontré sobre la encimera de ésta un desayuno increíble: tostadas, magdalenas, leche, zumo… un lujazo, vamos. Aunque la verdadera sorpresa fue encontrarme al lado a Aitor, medio dormido sobre la encimera, junto a ese gran banquete.

Me acerqué a él, y me senté en el taburete alto que estaba colocado al otro lado de la encimera y que daba al salón, pero a la vez estaba frente a él. Acerqué mis labios hacia su oído, susurrándole: ‘’Despierte, querido cocinero’’, lo que provocó que se despertase de golpe, creando en mí un sobresalto.

- Nath… - me miraba con los ojos pegados.
- ¿Has preparado tú todo esto? – sonreí, mirándole a los ojos. A lo que él asintió entre gestos, medio adormilado.
- Vaya… y, ¿para qué?
- Para ti… - soltó una sonrisa torcida.
- ¿Para mi? Pero… - me tapó la boca con el dedo.
- Shhh… no lo estropees – volvió a sonreír – Lo hice simplemente para disculparme por lo de ayer… sé que te agobié demasiado… y lo siento… ah, y para despedirme de ti… bueno, si sigues con la idea de que no me vaya contigo, claro… - negué con la cabeza, sin decir nada. – Está bien, entonces tómalo como una disculpa y una despedida… Además… - apoyó sus manos sobre las mías, que estaban colocadas sobre la encimera - …no quiero que te vayas estando de bronca conmigo… es lo último que quiero. – Me levanté del taburete alto, rodeé la mesa, entrando en la cocina, y acercándome a él para abrazarle. Si, necesitaba tantísimo ese abrazo.

Estuvimos unos segundos abrazados. Para mí fueron los mejores, y me dieron muchísima fuerza. Luego nos separamos, sonriendo.

- Bueno, tómate el desayuno, que se le van a ir las vitaminas al zumo – reía haciendo la gracia.
- Vale, ¡pero con una condición! – volví a mi sitio - ¡que te lo tomes conmigo!
- Vale, pero no sé si el zumo dará de sí para dos personas – volvió a reír.
- ¡No, tonto! ¡El desayuno! – reí.
- Ah bueno, ¡eso está más que hecho! – se dio unos golpecitos en el estómago, haciéndome saber que tenía hambre. A lo que reí por el gesto, y luego cogí el zumo, tomándomelo con una tostada.

[…]

Miré el reloj, y mi cara se descompuso.

- ¡Mierda! – me levanté apurada de la silla - ¡Que voy a perder el tiempo de embarque de maletas! – me tomé rápido lo que quedaba en el vaso de zumo, y fui a la habitación a por mis cosas.
- ¿Ya te vas? – se levantó y salió de la cocina a paso ligero.
- Si, que sino me quedo en tierra… - salí de la habitación.
- ¿Te llevo?
- No, no hace falta… pero gracias – sonreí.
- ¡Que si mujer! ¡Que tú sola no puedes con eso! – insistió al ver como intentaba caminar con tantas cosas en las manos.
- Bueno, ¡está bien! … ¡Creo que tu ayuda me vendrá de perlas! – reí y salí de la casa con su ayuda.

Una vez en la cochera, Aitor me ayudó a colocar en el maletero todas las cosas, y después nos metimos en el coche.

De camino al aeropuerto, estuvimos hablando y disfrutando de ese último rato juntos, ya que no sabíamos cuando sería la próxima vez que nos veríamos. Puede que en meses, o puede que en años… ¿quién sabe?

[…]

Entré en el aeropuerto con mis maletas, por supuesto, con la ayuda de Aitor.
Después facturé el equipaje para embarque, y Aitor insistió en permanecer conmigo hasta que saliese el aviso de mi vuelo.

Ah, ¿aún no os dije a dónde viajaba?
Uy, fallo técnico.
Mi destino sería la ciudad de Milán. Un lugar muy importante y conocido, situado en Italia. ¡Me encantaba la idea de ir a ese sitio! ¿Qué mejor ciudad para empezar una nueva vida que en Milán?

Ahora solo tocaba esperar a que anunciasen por los altavoces mi vuelo. Ya poco quedaba, estaba segura.
Me encontraba con nervios hacia la espera, pero Aitor me hizo distraerme un rato con sus payasadas. De verdad, este hombre es único.

miércoles, 15 de septiembre de 2010

Capítulo 11

De pronto se escuchó moverse el pestillo que cerraba la puerta, abriéndose ésta. Mi cuerpo reaccionó ante ello, provocando que me levantase con rapidez del suelo, casi como un acto reflejo. Justo en ese momento, Aitor salió de ella. Yo me encontraba frente a él, suplicándole con la mirada un perdón, pero él sólo cruzó nuestras miradas durante a penas dos segundos, y luego la esquivó para cruzar el salón hacia la puerta.

- Aitor… - ignoraba mi llamada mientras cogía las llaves de la mesita - …lo siento… lo siento mucho… - esto provocó que él se girase hacia mí.
- ¿El qué sientes? – me miraba con seriedad.
- Lo que dije antes… lo siento, no debí decirlo…
- Ya… - dijo sin convencimiento alguno – Pues hay cosas que es mejor no decirlas – se hizo el silencio, en el que se volvieron a cruzar nuestras miradas – ni pensarlas – continuó.
- Aitor… yo… lo siento… - volví a repetir - ¿Qué puedo hacer para que me perdones?
- ¿Enserio quieres saberlo? – soltó las llaves sobre la mesita y comenzó a avanzar hacia donde yo estaba. Yo asentí asentí con la cabeza. – Deja que me vaya contigo.
- Aitor… ya sabes que no pued… - me tapó la boca con la mano mientras se arrimaba más.
- Deja que me vaya contigo… deja que podamos comenzar una vida nueva, que creemos nuestro particular ambiente en otro lugar, que vivamos esta experiencia… - puso una de sus manos bajo mi barbilla mientras decía esto - …juntos.

Al escuchar todo esto me quedé sin palabras. Todo sonaba a maravillas, pero no, no podía permitir que lo dejase todo por un viaje.

- No – dije firme, separándome de él.
- ¿Porqué no? – su mirada era de confusión – Nathalie, ¡gano más de lo que pierdo!
- No, no… ¡pierdes más de lo que ganas!
- ¿Porqué eres tan cabezota?, ¿Porqué te empeñas en que no me vaya contigo? – él avanzaba hacia mí a la vez de que yo iba retrocediendo - ¿Ves? Te alejas de mi… - seguía intentando acorralarme - ¿Porqué quieres alejarte de mi?, ¿Porqué conforme pasan los segundos siento que estoy perdiéndote cada vez más? – choqué mi espalda contra el estrecho tabique que separaba las puertas de nuestras habitaciones, y él frente a mi, pegado a mi cuerpo - ¡¿PORQUÉ?! – agarró mis muñecas.
- ¡Porque no quiero más acercamiento contigo! – grité ante el agobio.
- Dime sólo un porqué sobre lo que acabas de decir, solo uno… - seguíamos en la misma posición, parecía que no se cansaba de ello.
- ¿Quieres un porqué?, ¿Enserio lo quieres? – lo miré desesperada, a lo que él asintió firme. - ¡Porque me confundes, y no quiero vivir en una laguna de confusión! – solté sin más. Si no lo decía iba a reventar.

Soltó mis muñecas mientras me dirigía una mirada atónita.
¿Era mi impresión o Aitor estaba exageradamente asombrado?
Pero… ¿de verdad estaba confundida o simplemente me salió solo por el agobio?
A lo mejor esa no era la manera ni el momento más apropiados para decir aquello, pero ya lo dije… la papeleta ya estaba echada. Fuese o no verdad.
Su mirada sólo me transmitía asombro y desconcierto.
Tras decir aquello sentí que me había quitado un peso de encima por una parte, y un gran arrepentimiento por la otra.

- ¿Has dicho que te confundo? – se atrevió a preguntar. A lo que asentí. – Pero… ¿cómo?, ¿porqué? – le solían solas las palabras.
- ¡No lo sé! – no sabía qué responder, y estaba nerviosa – Mira, haz como si no hubiese dicho nada nunca… - me dirigí hacia el baño, cerrando la puerta tras de mi, y dejándole solo.

Dentro del baño escuchaba ciertos murmullos de Aitor como: ‘’¿Qué me olvide de lo que dijo? Tss… como si fuese tan fácil’’ o ‘’Es que esto es increíble, si es que lo que no me pase a mi…’’

No quería seguir escuchando esos murmullos, así que abrí el grifo del lavabo y empecé a echarme agua fresca por toda la cara y el cuello durante al menos 15 o 20 minutos.
A ratos me iba mirando en el espejo, como si en mi cara fuese a encontrar una fuente de respuestas.
¿Realmente estaba confundida con Aitor? pero exactamente no entendía el porqué de aquello, eso sí, tenía que averiguarlo cuanto antes porque sino iba a acabar volviéndome loca.

domingo, 12 de septiembre de 2010

Capítulo 10

Nos encontrábamos desplomados sobre la cama, uno al lado del otro, intentando recuperar el aliento y la respiración.
Al poco rato, y debido al cansancio, Aitor se quedó totalmente dormido. Giré mi cabeza un poco, mirándole y pensando en todo aquello que acababa de pasar entre los dos. No sabía que me había pasado, suponía que no pude resistirme al beso que me dio en el salón y me dejé llevar sin pensar en nada.
No quería seguir pensando más sobre ello, por lo menos por el momento, así que opté por dormirme y esperar a que llegase el día siguiente.

[…]

Ya era de día, y me desperté por la luz que se clavaba directamente en mis ojos.
Me encontraba abrazada a Aitor, y mi cuerpo estaba tapado por la fina sábana de su cama. Cuando conseguí abrir los ojos, me di cuenta de que aún estaba en aquella habitación, y me acordé de nuevo de todo lo ocurrido y con quien había pasado la noche. Sentía en mis oídos la respiración de él, una respiración lenta y relajada. Elevé mi mirada hacia su cara, observando como aún seguía dormido.
Me incorporé en la cama con cuidado, saliendo de ella después. Cogí mi ropa, la cual se encontraba esparcida por los diferentes lugares de la habitación.
Cuando había cogido todo, me dirigía a mi habitación, donde lo solté todo, y luego al baño, donde me pegué una buena ducha.

Salí del baño, mirando por todos lados por si me cruzaba con Aitor, pero él se encontraba aún en su habitación.
Entré en la mía, donde me puse algo de ropa de estar por casa.
Salí de allí, dirigiéndome hacia la cocina. Cuando entré en ella, observé como Aitor se encontraba de espaldas a mi, preparando su desayuno.
Sin querer hice un pequeño ruido, pero el suficiente como para que Aitor se percatase de mi presencia.
Se giró, viéndome junto a la puerta.

- Vaya, si es mi querida amiga Nathalie – sonrió al verme.
- Buenos días… - entré a la cocina, esquivando su mirada.
- ¿Qué pasa, no has dormido bien? – seguía con su sonrisa. A lo que yo no respondí, no sabía ni que decirle ni como mirarle después de la noche que pasamos – Venga ya… ¡no me digas que ahora te arrepientes!
- ¡No, para nada! ¡Si fue increíble! – se me escapó, y él soltó una sonrisa triunfal – O sea… que estuvo bien… - intenté corregirme, pero él sabía a la perfección lo mucho que yo había disfrutado con él aquella noche, así que mantuvo su sonrisa triunfal – Además, lo que ha pasado… ha pasado y punto – me atreví a mirarle un poco.
- Vale, y según tú… ¿qué ha pasado? – me acorraló entre la encimera y su cuerpo.
- Pues que… - me quedé casi muda al ver como cada vez era más intenso su acorralamiento.
- ¿Qué? – sonreía cerca de mi.
- …que nos dejamos llevar ante la situación y pasamos juntos la noche… - solté como podía.
- Se te ve nerviosa… - insinuaba.
- ¿Yo, nerviosa…? – intentaba retroceder, pero era imposible, mi espalda ya estaba totalmente empotrada contra la encimera.
- Ah… ¿no estás nerviosa?
- No, para nada…
- Entonces… ¿por qué no puedes apenas hablar y te tiemblan las manos? – miró mis manos apoyadas sobre la encimera. Bajé mi mirada hacia ellas, y no respondí, no sabía que decir ante aquello - ¿vas a seguir negándome que no estás nerviosa? – insistía acercando más su cara hacia la mía.
- S…Si… - salí como pude de su acorralamiento, dirigiéndome al salón. Aitor se quedó en la cocina, decidió dejar el asunto así, por ahora.

Cogió su café y se sentó en unas de las sillas que había al lado de la barra de la cocina, de las que daban al salón, y se tomó el café allí, girado hacia mí.

- ¿No piensas desayunar? – soltó sin más.
- No tengo hambre… - miraba la TV.
- Un día te va a dar algo… comes muy poco – dijo mirándome preocupado.
- Da igual… - dije sin más - …tampoco creo que te enterases – esto último quería decirlo para mi misma, pero sin darme cuenta lo dije en voz alta, provocando una mirada atónita de Aitor. Tras darme cuenta de que lo había dicho en alto y de que él lo había escuchado con claridad, lo miré un poco parada, no sabía como retirar lo que acaba de soltar por mi gran bocaza. El chico se levantó de la silla, y fue directamente hacia su habitación, pegando un portazo con la puerta de esta.

- Aitor… - me levanté deprisa, yendo hacia la puerta. – Aitor… lo siento… no quería decir eso… - nadie respondió – Aitor… por favor… - todo estaba en silencio – Voy a estar aquí hasta que te decidas a salir… no me pienso mover la puerta… - me senté en el suelo, apoyando mi espalda en el marco de madera.

martes, 7 de septiembre de 2010

Capítulo 9

- Si es que no lo entiendo… - dije un tanto cabreada.
- ¿El qué no entiendes?
- ¡El porqué de que me agües la fiesta! – solté mi chaqueta sobre mi cama, y fui de nuevo al salón.
- Porque me río viéndote la cara – reía al ver como andaba un poco daleada por el alcohol.
- Oye, no te rías – eché a reír un poco.
- Pero ¿tú te estás viendo? – continuó riendo.
- No, como comprenderás no puedo – dije mientras me quitaba los tacones, apoyada en Aitor.
- Pues tendrías que verte… - sonrió al sentir su mano sobre mi cintura.
- Te odio – lo miré sonriendo irónicamente. Me apretó más hacia él, sonriendo al sentir nuestros cuerpos tan cerca.
Sin dudarlo ni un segundo más, y antes de que se arrepintiese, posó sus labios sobre los míos, besándome lentamente al principio, y siguiendo con mucha pasión después.
Ambos nos dejábamos llevar por el momento.
Entramos en su habitación entre besos, pasión, y muchos empujones, ya que conforme avanzábamos nos íbamos chocando con todo.
Supusimos que habíamos encontrado la cama cuando caí sobre ella, y Aitor encima mía.

- Oye, esto es una locura – dije con la respiración entrecortada mientras agarraba con fuerza su pelo.
- Ya te dije que me encantan las locuras – me arrancó la camisa, ya que con todo lo que estaba pasando, le era imposible desabrochar los botones de la camisa uno por uno.
Tras eso, conseguí colocarme sobre él, quitándole la camiseta.
Continuamos besándonos y acariciándonos mientras íbamos deshaciéndonos de toda la ropa que cubría nuestros cuerpos.
Dando una vuelta más sobre la cama, se colocó encima mía, consiguiendo así el dominio de la situación.
Pasó besando todo mi cuerpo. Cuello, pecho, vientre… terminando de nuevo en mis labios.
Yo jugaba también con su cuerpo, en la medida en que él me iba permitiendo.
Tras continuar así un largo rato, se agarró bien de mis caderas, y mirándome, me hizo totalmente suya.
Mientras lo hacía, yo dejaba expresar todo lo que sentía en cada momento. Con una mano le agarraba con fuerza el pelo, y con la otra le arañaba un poco la espalda, sin querer.
Los gritos se iban apoderando de mi cada vez más, me era imposible controlarlos. Aitor no hizo nada por callarlos, ya que le gustaba poder escuchar y sentir como disfrutaba con él, como disfrutaba de él, y como disfrutaba con su cuerpo.
Con cada beso, mirada o tocamiento que tenía con él, hacía que mi cuerpo se estremeciera de una manera casi inexplicable.
Aitor no se cansaba de aquello, y continuaba haciendo que me sintiese tal y como él lo percataba.
Nuestra piel estaba como la llamada ‘’piel de gallina’’, nuestros cuerpos cada vez desprendían por sus poros más sudor, y nuestras manos seguían intentando agarrarse a cualquier parte de nuestro cuerpo con fuerza.
Con todo esto y más, sobrepasamos el ecuador de la situación.
Ahora nuestros cuerpos se encontraban más unidos que nunca, logrando así el total éxtasis de ambos.
Me hundí en su cuerpo entre gritos. Estaba desbordada por un manojo de sensaciones que parecía tenerlas sobre mi cuerpo. Era increíble, nunca llegué a pensar que podría disfrutar tanto de Aitor.

lunes, 6 de septiembre de 2010

Capítulo 8

Ya era sábado noche. Hacía frío en la calle, como un día cualquiera de Febrero. Aitor y yo nos encontrábamos sentados en el sofá viendo la TV, aburridos. Ambos nos mirábamos y suspirábamos al ver como solo emitían programas de cotillas o películas chorra.

- Nathalie…
- ¿Qué…?
- ¿Qué se supone que estamos haciendo?
- No lo sé… supongo que zapping – seguí pasando canales.
- Ah… - se calló, suspirando.
- Aitor…
- ¿Qué…?
- Me aburro…

Ambos suspiramos, sin saber que hacer.

- Oye, ¿y si damos una vuelta? – propuse.
- Si, pero… - me miró – oye, tu no pretenderás despedirte de España así, ¿no? Porque vaya aburrimiento – rió.
- Eso parece… -reí con él. A lo que él se quedó pensativo.
- ¡Pues no lo pienso permitir! ¡Ahora mismo nos vamos de fiesta! – se levantó, agarrándome luego del brazo y haciendo que me levantase del sofá.
- No no, que te conozco y luego me dejas sola porque te vas con una ‘’amiguita’’ – dije irónica.
- ¿Qué pasa? ¿Estás celosa? – me miró, sonriendo por mi actitud.
- ¿Yo, celosa? ¡JÁ! – reí irónica.
- Oye, que si estás celosa… nos quedamos en casa y lo celebramos nosotros solos – sonrió pícaro.
- ¿Eeeeeeeeeeeh? – dije impactada por el comentario – No, mira… casi mejor nos vamos de fiesta – reí, metiéndome en mi habitación.

[…]

Aitor se encontraba en el salón, arreglado, y dando vueltas de un lado a otro mientras esperaba que yo terminase.

- Nathalie, ¿cuánto te queda? - preguntó impaciente.
- ¡Ya voy!
- ……………….Nathalie……….
- ¡Que voy!
- ……………….Nathalie………..
- ¡Que voy, pesado! – salí de mi habitación.

Al escuchar como abría la puerta, se giró, observándome junto a ella.

- ¿Y bien? ¿Qué tal estoy? – sonreí, dando una vueltecita.
- Oye, yo mantengo lo de quedarnos en casa solos – reí un poco al ver como me miraba de arriba abajo, sin parar.
Llevaba puesto un pantalón ajustado gris; una camisa negra y blanca a cuadros, a la cual le había dejado unos cuantos botones sin abrochar; y unos tacones negros; todo esto acompañado de mi pelo suelto y liso, más un poquito de maquillaje, lo justo.

- ¡Cierra la boca, que te van a entrar moscas! – seguí riendo mientras le posaba la mano bajo su barbilla. – Por cierto, tu también estás muy guapo – sonreí al ver lo bien que le sentaba esa camiseta blanca ajustada y ese pantalón vaquero.
- Bueno, menos mal que esta vez me lo dices – rió. Le seguí la risa mientras salíamos del piso.

[…]

Una vez dentro del local, nos dirigimos a la barra, donde automáticamente una chica se acercó a Aitor. Ésta sonreía y no paraba de coquetear con él. Bebí de mi copa mientras observaba de reojo tal escenita. La tipa era guapa, pero parecía un poco ligera de andadas.

De repente, un chico se acercó a la barra, posando sus brazos en ella, justo a mi lado. Parecía dispuesto a pedir algo de beber, y así lo hizo.
Al rato, yo me dispuse a pedirme otra copa de lo mismo que acaba de terminarme, pero el camarero no se enteraba de mis llamadas.

- ¿Quieres que te ayude? veo que no se da cuenta – me dijo aquel chico. A lo que yo le asentí con la cabeza, y él a continuación llamó al camarero, consiguiendo que viniese hacia a mi y me pidiese otra copa.
- Gracias… - le sonreí algo tímida.
- No hay de que – me devolvió la sonrisa – Por cierto, soy David – seguía sonriendo.
- Yo soy Nathalie, encantada – le di dos besos.

Durante largos minutos estuve conversando con aquel chico, bueno, dentro de lo que se podía con el alto volumen de la música.

- Oye, y… ¿tienes novio? – preguntó de repente.
- Pues la verdad es que no – reí leve – y, ¿tú novia? – pregunté algo tímida.
- No, la verdad es que tampoco.

Ambos nos miramos y echamos a reír por la situación, como si fuésemos dos adolescentes.
Parecía un chico tímido, como yo, y además muy simpático y agradable. No era un bellezón, ni tampoco feo… era normal, del montón. Pero en aquel momento no me fijaba mucho en su físico, ya que llevaba como una hora hablando con él y se me había pasado el tiempo volando, aunque también he de añadir que estaba ya un poco tocada por el alcohol.
Me propuso ir a bailar, y yo acepté encantada.
Una vez en la pista, comenzamos a bailar, y entre canción y canción nos decíamos alguna que otra cosa.

- Me encantas – me susurró al oído con un tono un tanto sexy. Yo le respondí con una sonrisa mientras dejaba caer mis brazos sobre sus hombros.
- No te aproveches, que voy un poco bebida – reí.
- No me aprovecho… solo dejo que la madre naturaleza haga lo que quiera – volvió a sonreír. Al escucharle, dejé mis brazos donde se encontraban y me acerqué más.

Aitor seguía con aquella chica, pero al ver lo pegados y sonrientes que nos encontrábamos, decidió intervenir.

- Oye, si te vas… me olvidas – le dijo la chica, muy creída, antes de que él se fuera.
- Pues adiós – le dijo con ironía, dirigiéndose luego hacia nosotros.

Justo cuando estábamos apunto de rozarnos los labios, Aitor nos interrumpió. ¡Tan oportuno como siempre!

- ¡Nathalie, me apetece irme a casa ya, vamos! – me agarraba y tiraba del brazo.
- ¡Aitor, ahora no puedo! – miré de reojo a David.
- Venga… ¡por favor! – insistía.
- ¡Aitor, no seas infantil! – lo desafié con la mirada.
- Nathalie, no serás capaz de dejar a tu mejor amigo solo, ¿verdad? – me ponía morritos.
- ¡Está bien! – suspiré. No sé como lo hace, pero siempre me convence. Y lo peor es que es lo mismo que él siempre solía hacerme a mí. Me giré hacia David, mirándole.
- Tranquila, no tienes que darme explicaciones – sonrió y cogió una pequeña tarjetita de su bolsillo, poniéndola en mi mano – llámame. – Asentí con la cabeza.

Salí del local junto con Aitor, montándonos  en el coche y yendo a casa.